Una tumba es algo ambiguo: conservan algo, pero a la vez no contienen nada.
Como es obvio, eso se puede decir de todas las tumbas, con la excepción de las de los poetas: las tumbas de los poetas van más allá de lo simple. En su caso, hay algo que las diferencia: la mayoría de los muertos callan, ellos no. Ellos continúan hablando. En boca de otros, pero lo siguen haciendo. Y a veces se repiten: cuándo alguien lee un poema por tercera, cuarta, quinta vez; no hace más que repetir lo que algún día el poeta pronunció.
Entonces, ¿porqué visitamos la tumba de alguien quién no conocimos? La respuesta es sencilla: porqué el susodicho sigue hablando dentro de nuestras cabezas. Con alguien quién nos está enseñando cosas, nos dice algo, mantenemos un tipo de relación; por más frívola que sea.
Cuando se trata de tumbas, todo es efímeramente racional. Pagamos ramos de flores artificiales y los llevamos ahí para nadie, arrancamos hierbas para nadie, gastamos dinero para nadie. Y este nadie no sabe que, mientras hacemos todo esto, pensamos en él o estamos ahí, aunque, a pesar de lo que nosotros queremos, siempre tenemos la esperanza de que él sepa que estamos pensando en él.
Puede que su cuerpo no exista, pero sus palabras siguen ahí, los pensamientos permanecen. Podemos, al menos, rememorar algo que el muerto dijo, pensó, en vida.
Por eso sigue teniendo, hoy en día, significado, el visitar la tumba de un poeta.
“Podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía”.
Mercè.
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